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viernes, 19 de junio de 2009

Giovanni Sartori - 'La democracia en 30 lecciones'

Lecciones de democracia, una loable iniciativa

Título: La democracia en 30 lecciones
Autor: Giovanni Sartori
Editorial: Taurus
Lugar: Madrid
Año: 2009

Retomamos con esta entrada las recomendaciones de libros que juzgamos de interés para los lectores de nuestro blog. En este caso, no basta con relatar someramente cuál es el contenido del libro e intentar justificar el porqué de su recomendación. Lo interesante de este pequeño manual de iniciación a las características normativas del concepto de democracia es que se trata de una adaptación de un programa televisivo de 30 capitulos, de cuatro minutos cada uno, llamado Lecciones de democracia que fue emitido en la cadena pública de televisión italiana RAI en horario de máxima audiencia entre programas de entretenimiento, con el objetivo, según Lorenza Faschini, editora del programa y del libro, de "ofrecer al público una oportunidad de reflexión y aprendizaje sin llegar a asustarlo."

El programa consistía en una breve disertación de uno de los politólogos de mayor prestigio, Giovanni Sartori, durante la cual trataba de explicar conceptos, teorías e ideologías, así como diversos temas de actualidad relaccionados todos ellos con la democracia -léase, por ejemplo, multiculturalismo-.

Este ensayo no deja de ser una síntesis de ¿Qué es la democracia? (Taurus, 2007), donde el autor expone prolija y sistemáticamente todas y cada una de las tesis que esboza en el libro hoy sugerido. El rigor académico pretendido -y conseguido- por el autor queda patente en la cita invocada de Leonardo Da Vinci: "La práctica siempre debe ser edificada sobre la buena teoría."

Jorge Mateos Álvarez, es Secretario de Organización del PSOE de Valencia de Don Juan

jueves, 27 de noviembre de 2008

Tiempo para la socialdemocracia

 "Neomodernidad"  y déficit público

"¡Bienvenidos a la neomodernidad!" Fernando Vallespín en El País, 23/11/2008

"El rasgo más marcado del cambio, ya lo estamos viendo, es el renovado protagonismo de la economía. Frente a la prioridad que en la anterior fase posmoderna acabó teniendo lo cultural -en un sentido lato-, se alza ahora lo económico como el factor central de la actividad humana. Por el momento, habrá que arrinconar tesis como la de Huntington, que creía ver en lo identitario-cultural la esencia del conflicto contemporáneo. Tanto en la dimensión política global como en la interna, los conflictos en torno a la distribución de los recursos pasarán al centro del interés y se postergarán los identitarios. La redistribución, la lucha contra la desigualdad, volverá a dominar el debate político después de haber sido durante décadas la gran cuestión olvidada. Regresarán los clásicos conflictos sociales con raíz de clase y es previsible imaginar una reverdecida presión para alcanzar una mayor equidad fiscal. ¿Cómo justificar ahora, por ejemplo, ante la nueva menesterosidad, el escapismo fiscal de que han venido disfrutando los más privilegiados? No deja de ser irónico que la elección de Obama, que representa un hito en las "luchas por el reconocimiento" posmodernas -de minorías étnicas en este caso-, acabe por significar la afirmación de políticas de igualdad frente a las de la "diferencia".

Valores como solidaridad, igualdad, autoridad, esfuerzo, responsabilidad, cotizarán al alza. Los clásicos valores densos de nuestra herencia moderna postergarán a los más ligeros -líquidos, en la jerga de Bauman- del "todo vale", la gratificación inmediata, el hiperconsumo, la autorrealización individual. No saldremos de eso que los sociólogos califican como "individualización", pero habrá una tendencia a moderar el individualismo y el privatismo radicalizado en aras de un mayor compromiso con los objetivos sociales generales. Todo ello en nombre del gran valor de la modernidad: el orden. Lo ambivalente, ambiguo, relativo, esos rasgos esenciales del pluralismo posmoderno, serán mirados con sospecha. Orden y seguridad, asociados a bien común y solidaridad, tienen garantizada buena prensa en momentos en los que acucia la necesidad y el miedo. El gran gestor del orden, la seguridad y la estabilidad, pero también de la protección social más general, ha sido siempre el Estado, el héroe de la modernidad clásica. Parece obvio que volverá a gozar de una renovada legitimidad. Un Estado al que seguramente se le exigirá mucho más de lo que está en condiciones de dar. Pero será el gran protagonista de los tiempos venideros. (...)

Tanto la vuelta a los nuevos / antiguos valores densos como el protagonismo estatal ofrecerán una nueva oportunidad a las políticas de izquierdas. Habrán recuperado, por decirlo así, las palancas sobre las que se apoyaban para emprender reformas. Es hasta posible que los sindicatos recuperen una parte de su poder y prestigio perdido. Pero huérfanas de un claro sentido de la idea de progreso y en su énfasis por gestionar una política dirigida a evitar los grandes males -desempleo, pensiones, pérdida de competitividad- abandonarán gran parte de su dimensión utópica. Se tratará de izquierdas administradoras de la nueva escasez, un papel que ya hubieron de asumir en otros tiempos históricos. Sus programas los dictará más la conservación de lo ya alcanzado que lo que queda por conseguir; administrar las pérdidas más que anticipar las ganancias derivadas de emprender un nuevo camino.

Un liderazgo acertado podrá, en todo caso, aprovechar la ocasión para desprenderse de los modelos fracasados y reconducir el orden social hacia un nuevo contrato social, un pacto social-democrático de nuevo cuño que sea capaz de trasladar la parroquial política estatal hacia una más decidida política de colaboración sintonizada a las dos dimensiones ya imprescindibles: la esfera transnacional y la cooperación con la sociedad civil. La política del futuro deberá estar menos pendiente de la gestión directa que de la impulsión y galvanización de acuerdos, iniciativas, persuasión, movilización ciudadana. Y esto último parece absolutamente decisivo en unos momentos en los que el imprescindible retorno de la política sigue encontrando un inmenso escollo en la desconfianza que amplios sectores de la ciudadanía siguen sintiendo hacia lo político. (...)

Lo decisivo de esta vuelta a la modernidad que se atisba en el horizonte es el contenido de que vayamos a dotar a lo nuevo de la neomodernidad, la forma en la que seamos capaces de extraer las consecuencias oportunas de la experiencia histórica y la aprovechemos para innovar social y políticamente. Si se recupera la política el futuro estará siempre abierto."
"La economía de la depresión", Paul Krugman en el suplemento 'Negocios' de El País, 23/11/2008

"Para sacarnos de esta espiral descendente, el Gobierno federal tendrá que proporcionar un estímulo a la economía incrementando el gasto y las ayudas a los que más están sufriendo, y este estímulo no llegará a tiempo o no será del calibre necesario a menos que los políticos y las autoridades económicas sean capaces de superar varios prejuicios convencionales.

Uno de esos prejuicios es el miedo a los números rojos. En tiempos normales está bien preocuparse por el déficit presupuestario, y la responsabilidad fiscal es una virtud que tendremos que volver a aprender tan pronto como la crisis quede atrás. Sin embargo, cuando prevalece la economía de la depresión, esta virtud se convierte en un vicio. El intento prematuro de Franklin Delano Roosevelt de equilibrar el presupuesto en 1937 casi llevó al traste el New Deal.
Otro prejuicio es la creencia de que la política debe avanzar con cautela. En tiempos normales, esto tiene sentido: no se deben hacer grandes cambios en la política hasta que esté claro que son necesarios. Sin embargo, en la situación actual, la cautela es un riesgo porque ya se están produciendo enormes cambios a peor, y cualquier retraso a la hora de actuar aumenta las posibilidades de provocar un desastre económico mayor. La respuesta política debería estar muy bien hilvanada, pero el tiempo es oro.
Por último, en tiempos normales, la humildad y la prudencia en los objetivos políticos son buenas cualidades. Sin embargo, en la coyuntura actual es preferible pecar de hacer demasiado que de hacer demasiado poco. El riesgo, si las medidas de estímulo se antojan más que necesarias, es que la economía se caliente en exceso y produzca inflación, pero la Reserva Federal siempre podrá capear esa amenaza subiendo los tipos de interés. Por otro lado, si las medidas de estímulo se quedan demasiado cortas, no habrá nada que la Reserva Federal pueda hacer para compensar ese déficit. De modo que cuando prevalece la economía de la depresión, la prudencia es un disparate."

miércoles, 13 de febrero de 2008

Philip Phettit examina a Zapatero

"Zapatero ha convertido a España en un modelo internacional de cómo puede funcionar una democracia avanzada"

Autor: PETTIT, Philip
Título: Examen a Zapatero
Editorial: Temas de hoy
Lugar: Madrid
Año: 2008

El filósofo Philip Pettit, autor del influyente libro Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno, realiza, a instancia de José Luis Rodríguez Zapatero, una auditoría republicana de los tres primeros años del Gobierno socialista.

En la introducción del libro Pettit resume, grosso modo, la diferencia entre los conceptos de libertad positiva, concebida como no dominación, y el de libertad negativa, entendida como ausencia de interferencias, ideas que retoma en la última parte del libro.

A la hora de fiscalizar la acción política del Gobierno de Zapatero, el autor se centra, por una parte, en analizar las medidas políticas emprendidas para proteger a la ciudadanía de la dominación privada (que suele producirse por situaciones económicas desequilibradas, por contar con un sistema judicial atorado o con un sistema educativo aminorado o por ciertos problemas más específicos, como la vulnerabilidad de las personas, que puede ser provocada por desventajas físicas, económicas o culturales, por estar expuestos al crimen y al terrorismo o por el indebido poder de los grupos corporativos). Por otra, en aquellas que tienen como objetivo proteger a la ciudadanía de la dominación pública (evitar el secretismo a la hora de manejar la información, la hostilidad del Ejecutivo hacia el Parlamento o la tendencia gubernamental a concentrar más poder en sus manos).

Si atendemos a la protección frente a la dominación privada, Pettit señala que el Gobierno de Zapatero ha adoptado medidas políticas que pretenden atenuar la vulnerabilidad “de las mujeres, los homosexuales, los inmigrantes ilegales, los incapacitados y los trabajadores temporales. Ha afrontado la amenaza terrorista con honestidad […] Y, finalmente, ha rectificado, aunque no solventado, en buena medida la anomalía histórica de los continuos subsidios concedidos a la Iglesia católica.” A modo de ejemplos, el autor irlandés menciona leyes de gran recorrido e importancia como la Ley Orgánica de Protección integral contra la Violencia de Género, la modificación del Código Civil que posibilita los matrimonios entre personas del mismo sexo, la Ley Orgánica de Igualdad entre Hombres y Mujeres o la Ley de promoción de la autonomía personal y de atención a las personas en situación de dependencia, sin olvidarse de políticas públicas, como las adoptadas en materia de vivienda que pretenden facilitar el acceso de los ciudadanos a una morada.

Si reparamos en la protección frente a la dominación pública, el Gobierno de Zapatero es, a juicio de nuestro autor, un gobierno “menos secretista” (cita medidas como la Ley de Publicidad y Comunicación Institucional -que impide realizar al Gobierno campañas de propaganda-, evidencia la mayor transparencia que existe hoy si hablamos de estadísticas públicas -cómo se elaboran y facilidad de acceso a su consulta- o la mejor predisposición que su antecesor, José María Aznar, de someterse al control de las Cortes Generales –los diputados del PSOE rehúsan hacerle preguntas en beneficio de los partidos que no están en el Gobierno o, por vez primera en la democracia, el Presidente del Gobierno de España acude una vez al mes a una sesión de control al Senado sin límite de tiempo en el debate-), “menos intolerante con los medios de comunicación y menos ansioso por retener el poder en sus manos” (la reforma de RTVE como paradigma –el Director General elegido por el Consejo de dicho ente público, que es elegido a su vez, al menos, por dos terceras partes del Congreso). Pettit, en síntesis, cree que “Zapatero ha mantenido la fe en el modelo republicano o civicista de gobierno […] y ha convertido a España en un modelo internacional de cómo puede funcionar una democracia avanzada.”

El libro también nos depara una entrevista del autor al Presidente del Gobierno de España. En esta podemos encontrarnos con las raíces académicas de Zapatero –recordemos que impartió clases de Derecho Político en la Universidad de León-. Con respuestas didácticas, solventes e instructivas, más propias del lenguaje de la filosofía política, Zapatero se reafirma en su proyecto del socialismo de los ciudadanos, cuya raigambre normativa la encontramos en la idea de libertad entendida como no dominación, que los ciudadanos han de revalidar el próximo 9 de marzo en las urnas y que Pettit explica en la última parte del libro que hoy reseñamos y recomendamos.

Jorge Mateos Álvarez

domingo, 20 de enero de 2008

Felipe González: 'Alianza frente a conflicto de civilizaciones'

Alianza de Civilizaciones

El diario El País de ayer publicaba la siguiente tribuna, firmada por el expresidente del gobierno Felipe González:

"La corriente de fondo que nos lleva a un diálogo entre civilizaciones va ganando fuerza frente a la tumultuosa corriente del choque de civilizaciones.

Es una corriente más tranquila, que se mueve entre los meandros de la complejidad del momento histórico presente, en tanto que la profecía del choque de civilizaciones es más simple en sus planteamientos de amigo-enemigo y de confrontación para dominar, por eso tiende a autocumplirse.

Como siempre, construir la paz, como condición necesaria para todo lo demás -el desarrollo o la cooperación-, es más difícil que declarar la guerra al otro, al que se supone que encarna el mal. Como siempre, el diálogo que busca el conocimiento -el logos- del que es diferente y tiene una percepción distinta de la realidad, es un ejercicio más costoso, que parte de la renuncia a la imposición de nuestras verdades, aun sin aceptar la imposición de las verdades del otro. Es una búsqueda de los valores y de los intereses que se puedan compartir para dar fundamentos al entendimiento mutuo y avanzar en un nuevo orden internacional.

Venimos de un proceso histórico peculiar, por la profundidad y por la velocidad de los cambios. La caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética llevaron a la desaparición de la vieja división del mundo en dos bloques ideológicos antagónicos y mutuamente excluyentes.

Inmediatamente afloraron realidades ocultas o aplastadas por esa división. Pulsiones identitarias que afirmaban la pertenencia a realidades culturales muy diversas, étnico-religiosas, étnico-culturales o de nacionalismos irredentos que iban surgiendo por todas partes.

Pero este mundo se parecía más a sí mismo, aunque se hiciera más incierto y se nos mostrara más complejo, que el de la división en bloques ideológicos, con sus alineamientos simplificadores y su reparto de influencias. Los viejos conceptos de equilibrio del terror o destrucción mutua asegurada, y su correlato menos negativo que fue la coexistencia pacífica, perdieron vigencia sin encontrar un sustituto.

En los años 90 parecía que vivíamos en una cierta anomia, una pérdida de reglas de juego, del valor de la política, de soluciones supuestamente espontáneas que vendrían del mercado libre. Se hablaba de los dividendos de la paz, aunque al mismo tiempo se elaboraba la teoría del choque de civilizaciones.

Pero al tiempo que ocurrían estos acontecimientos, se aceleraba el curso de la revolución tecnológica, especialmente la informacional, como ruptura de las barreras del tiempo y del espacio en la comunicación entre los seres humanos. La globalización hizo próximo e inmediato el planeta Tierra, en todos sus rincones, en todo lo que acontecía, y empezó a cambiar la relación de fuerzas en el mundo.

En realidad, había quedado uno de los dos bloques antagónicos, el liderado por Estados Unidos como única superpotencia, pero su justificación por contraposición a la amenaza soviética había desaparecido con la URSS. La teoría del choque de civilizaciones, casi como una profecía, se basaba en la necesidad de llenar el vacío de enemigo, anunciando la aparición de nuevos demonios civilizatorios, en sustitución de los ideológicos, que había que prepararse para combatir y dominar.

Ya en los meses siguientes a la Guerra del Golfo de 1991, los profetas de la confrontación trataron de colocar sus teorías en la Casa Blanca, reclamando para Estados Unidos el papel de gendarme del nuevo orden internacional. Pero hasta los atentados de las Torres Gemelas, con su dramatismo y brutalidad, no tuvieron la oportunidad de colocar su producto, envolviéndolo en la amenaza real del terrorismo internacional para dar consistencia al choque de civilizaciones. La dimensión de esta forma de criminalidad internacional sería muy distinta si el enfoque no hubiera sido el de la confrontación civilizatoria, con todas las implicaciones de criminalización de una de las religiones del Libro. El error más grave ha sido y es la falta de comprensión de que esta amenaza real no está destinada en mayor medida a desplazar el poder en el mundo occidental que en el islámico.

Desde esta base errónea, se puede comprender el método de confrontación bélica y voluntad de dominio que se ha venido utilizando. La amenaza real, a partir de esta estrategia, no sólo no ha disminuido, sino que la percibimos como más grave y virulenta.

Las críticas ante la estrategia de la pura confrontación, de la hegemonía y de la imposición, con guerras preventivas y sin base en la legalidad internacional, han ido creciendo. Los que fueron en su día partidarios de este planteamiento se han ido replegando o reduciendo, aunque persistan los más impenitentes. Es evidente que en la visita del Presidente Bush a Medio Oriente, se insiste en alimentar la confrontación histórica entre sunitas y chiitas, entre árabes e iraníes, pasando a segundo plano el propósito de avanzar en el problema israelo-palestino.

Sin embargo, incluso para los más opuestos a esta deriva, se ve con una cierta frialdad y escepticismo la propuesta de la Alianza de Civilizaciones, con sus mecanismos de diálogo entre diferentes culturas y religiones para avanzar, primero, hacia una mayor comprensión mutua, y después hacia acuerdos que fortalezcan el objetivo de un nuevo orden internacional basado en los valores de las propias Naciones Unidas.

En nuestro país han sido y son especialmente críticos los que aplaudían a rabiar la declaración de guerra a Irak, los que la justificaban con mentiras y endosaban el conflicto pese a su ilegalidad manifiesta. Aún hoy argumentan que perdemos peso internacional si las propuestas que hacemos como país se encaminan hacia el diálogo y el respeto a la legalidad internacional.

Pero, asumida por Naciones Unidas, la Alianza de Civilizaciones ha encontrado el apoyo de 80 países, muchos más que los que apoyaron la teoría y la práctica de las guerras preventivas y el unilateralismo. Y se van a seguir sumando otros. Pero lo más significativo es la gran corriente de simpatía que se va creando en numerosos actores de la sociedad civil, en las distintas confesiones religiosas, en las ONGs, todos dispuestos a hacer impulsar con acciones la estrategia del entendimiento frente a la de la pura confrontación.

Asumir la diversidad, cultural o religiosa, como una riqueza compartida, en la que podemos encontrar valores comunes y objetivos que también lo sean, frente a la violencia destructiva, es un objetivo alcanzable que irá restando capacidad al terrorismo, a pesar de las muchas dificultades para encontrar rutas adecuadas.

Por el contrario, insistir en la propuesta de agresión, en el unilateralismo al margen de las reglas, va a seguir alimentando la caldera del terror, incluso dándole excusas ante los ciudadanos de mundo que se sienten víctimas de esta estrategia".

lunes, 7 de enero de 2008

Félix Ovejero: Contra Cromagnon. Nacionalismo, ciudadanía, democracia

Contra los -ismos territoriales

Título: Contra Cromagnon. Nacionalismo, ciudadanía, democracia
Autor: Félix Ovejero Lucas
Editorial: Ediciones de Intervención Cultural
Lugar: Barcelona
Año: 2006

Félix Ovejero, doctor de Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona, se ha convertido, indubitadamente, en el filósofo político contemporáneo referente de las ideas igualitaristas o republicanas en España. Es autor de libros como Proceso abierto: El socialismo después del socialismo o La libertad inhóspita. Modelos humanos y democracia liberal .

El que hoy nos ocupa, Contra Cromagnon. Nacionalismo, ciudadanía, democracia, está dividido en tres partes. En la primera, en la cual nos detendremos ahora, nuestro autor analiza la nación, cómo surge y cómo se ha concebido desde tres de las más importantes corrientes de la filosofía política, a saber: i) el liberalismo, ii) el comunitarismo y iii) el republicanismo. La segunda parte está dedicada a clarificar el concepto de nación, dada la marabunta de definiciones que existen, la utilización sectaria y montaraz que de ella hace uso el nacionalismo, sin olvidarse, como no podía ser otra manera, de defender la igualdad de los ciudadanos para escoger libremente la lengua que deseen hablar. La tercera y última es un compendio de artículos y entrevistas publicados en prensa, en los cuales, teniendo presente las ideas normativas expuestas con anterioridad, enjuicia las endebles y reaccionarias ideas e iniciativas de los nacionalismos periféricos en España.

Félix Ovejero utiliza el siguiente símil para explicar qué entienden los liberales por nación y qué entienden los comunitaristas. Para los primeros la nación no dejaría de ser una suerte de matrimonio, para los segundos una familia. La diferencia radica en que el primero es fruto de nuestras decisiones libres y la segunda nos viene dada.

Para los liberales los únicos compromisos que nos comprometen son aquellos que elegimos voluntariamente, en consecuencia, como la nación no la escogemos podríamos abandonarla si así lo decidiéramos. Los liberales conciben el Estado como un club resultado de la suma de acuerdos voluntarios entre propietarios.

Para el comunitarismo, la nación es como una familia a la cual no decidimos si pertenecemos o no, ya que es un hecho objetivo, natural. El comunitarismo traza las fronteras políticas basándose en diferentes estrategias, todas ellas refutadas por Félix Ovejero, como a) la ecológica: la diversidad cultural debe ser una riqueza y debe ser alentada, b) la “democrática”: todas las opiniones son valiosas y respetables, c) la psicológica: proteger las culturas es el modo de proteger a los individuos y su capacidad para desarrollarse y d) la conservacionista: las culturas son objeto de protección porque toda cultura es valiosa en tanto que tal.

En las tesis de ambas corrientes filosóficas, “el territorio público, el de la democracia, se esfuma: en el caso liberal, porque cada cual se ocupa de mejorar su propio patio de acuerdos con sus socios; en el comunitario, porque ni siquiera se contempla la posibilidad de exponerse a principios de justicia aceptables para todos.”

El socialismo moderno no es hoy otra cosa que un ahondamiento en los principios republicanos. En la tradición republicana, la libertad desaparece cuando empieza la dominación. Para un republicano, la ley es la máxima garantía de la libertad, siendo importante la deliberación en la esfera pública, es decir, someter las ideas a la prueba del mejor argumento. En consecuencia, lo que importa para un republicano no es otra cosa que los ciudadanos y la democracia, en ningún caso las fronteras.

La diferencia elemental entre el socialismo y el comunitarismo (léase nacionalismo, regionalismo o cualquier –ismo territorial) es que en este último los ciudadanos están al servicio de la identidad, mientras al primero no le interesa ni le preocupa la identidad como idea, sino que pone a disposición de aquellos su proyecto emancipador. Y Félix Ovejero no lo pudo decir mejor, ni con menos palabras “las personas son las que aman, sufren y sueñan, no las culturas.”

Jorge Mateos Álvarez

sábado, 22 de septiembre de 2007

Regresando a la izquierda

La izquierda racional

El Catedrático de Historia económica de la Universiad de Alcalá, Gabriel Tortella, publicaba ayer (21 de septiembre de 2007), en El País (página 19), un artículo titulado "Nostalgia del marxismo", en el cual analiza cómo el desmoronamiento del bloque soviético en la segunda mitad del siglo XX, que posibilitó la "victoria" del coloso estadounidense en la Guerra Fría, amén de las atrocidades que en nombre del socialismo allí se cometieron, ha desorientado hasta tal punto a la izquierda que aún no ha sabido construir un sistema racional capaz de competir ideológica y pragmáticamente con el liberalismo. Lo que procede es un extracto del mismo:
"Fracasado el ensayo comunista, desprestigiado el marxismo, el pensamiento “anti-sistema” se ha entregado con fruición al irracionalismo. Los que antes hablaban de “plusvalía”, de “acumulación”, de “internacionalismo” o de “centralismo democrático”, hoy hablan de “sensibilidades”, de “realidades nacionales”, de “hechos diferenciales” o de “derechos de los pueblos”; los que ayer se conmovían por la suerte del trabajador alienado y explotado, hoy vibran por el folklore y la tradición; los que eran agnósticos o ateos, ahora respetan tremendamente todas las religiones (menos la católica); los que soñaban con el progreso y proyectaban el futuro, hoy quieren volver al pasado preindustrial y, si es medieval, mejor; los que pensaban que la historia era la lucha de clases, hoy profesan que es la lucha de tribus. En otras palabras, lo que antes era pensamiento crítico se ha convertido en sentimiento crítico.

Como la racionalidad está del lado del liberalismo, al diablo la racionalidad, viva el sentimiento, la identidad, el irracionalismo. Esta nueva izquierda antirracional nació en Estados Unidos en los años sesenta del siglo pasado, defendiendo causas tan nobles como la igualdad racial y el fin de la guerra de Vietnam; eran los
hippies, los flower people, muchos de los cuales se afiliaron a religiones asiáticas y místicas. Aquella Nueva Izquierda de los años sesenta desconfiaba de la razón, porque el sistema que odiaban era racional. Pero aquello no tenía gran porvenir ni como política ni como filosofía, y los hippies acabaron siendo sustituidos por los yuppies; Bill Gates reemplazó a Maharishi Yoghi como ídolo de la juventud.

Sin embargo, en las décadas siguientes aparecieron en el mundo nuevas reservas de irracionalismo mucho más potentes. De un lado, en el Tercer Mundo, el deseo de alcanzar el nivel de vida occidental se ha trocado en desesperanza, rechazo y recurso a la religión en su versión más retrógrada y violenta.
El enemigo es el mundo occidental y el refugio es el fanatismo religioso. En Europa y en América Latina, el tribalismo también ha sustituido al marxismo: en los Balcanes, en Bélgica, en España, en Bolivia, en Ecuador, en Chiapas. El terrorismo impredecible ha sustituido a la guerra fría. Y ante el terror omnipresente e indiscriminado, también Estados Unidos fue presa del pánico irracional que dio lugar a la absurda “guerra al terror” y a la inexplicable invasión de Irak. Hemos entrado en un círculo vicioso alarmante: el odio y el miedo fomentan la conducta irracional; ésta da lugar a violencia, a miedo y a odio, y a la reacción irracional.

En este sentido, el mundo se ha vuelto infinitamente más peligroso que cuando competían dos intentos racionales de comprender la sociedad y la historia. Marx era un adversario mucho más noble que Putin, Ahmadineyad, Otegi o Bin Laden: de ahí la nostalgia."

jueves, 20 de septiembre de 2007

El socialismo después del socialismo

Proceso abierto

Título: Proceso abierto. El socialismo después del socialismo.
Autor: Ovejero, Félix
Editorial: Tusquets
Año: 2005
Páginas: 288 (21 x 14 cm)

Karl Marx diseñó su paraíso terrenal, la sociedad comunista, basándose en una suposición que el tiempo ha demostrado falaz: la hipótesis de la abundancia. Tanto para Marx como para Adam Smith, uno de los padres del liberalismo económico clásico, la naturaleza estaba enteramente subordinada a los individuos. Y éstos, con la finalidad de satisfacer sus necesidades, podían disponer de ella sin restricción alguna. Por consiguiente, ambos pensadores, herederos del lenguaje de la Ilustración, pero apostando por sistemas de producción diametralmente opuestos, compartían su visión antropocéntrica de las relaciones entre el ser humano y la naturaleza.

El socialismo que pergeñó Marx aspiraba a conseguir una sociedad en la que "el libre desenvolvimiento de cada uno fuera la condición para el libre desenvolvimiento de todos". Esta máxima era posible por estar construida sobre la idea de la inagotabilidad de los recursos.

Al encontrarnos ante una sociedad que cuenta con recursos para todos, Marx no elaboró ninguna teoría completa sobre la justicia. La lógica "de cada uno según sus capacidades y a cada uno según sus necesidades" permitiría a cada individuo emanciparse, objetivo irrenunciable del socialismo.

Félix Ovejero, tras analizar los tres grandes fracasos del socialismo y loar los diversos logros que el movimiento obrero alcanzó a lo largo de su historia, proclama la vigencia de aquél defendiendo la siguiente tesis: si los recursos de los que disponemos son limitados, más sentido cobra la igualdad.

En Proceso abierto nos encontraremos, desde el principio normativo e irrenunciable de la igualdad, una crítica argumentada a la Tercera Vía que alumbró Anthony Giddens y cuyo máximo valedor fue el otrora Primer Ministro británico, Tony Blair.

Por último, Félix Ovejero analiza la viabilidad y las consecuencias de otras propuestas que se realizan desde las tesis republicanas o igualitaristas como la Basic Income. La Renta Básica "es un ingreso pagado por el Estado, como derecho de ciudadanía, a cada miembro de pleno derecho de la sociedad incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta y sin importar con quién conviva."

Jorge Mateos Álvarez

jueves, 13 de septiembre de 2007

El socialismo utópico y los kibutz

Ordax Avecilla, el socialismo utópico y los kibutz

Es razonable la asignación de una calle a Ordax Avecilla como reconocimiento a su trayectoria política. Su noble ideario le colocó como una de las elites vanguardistas del país.

Los socialistas utópicos encuentran en Robert Owen a su máximo exponente. Como uno de los primeros ideólogos del cooperativismo diseñó las farms como alternativa al capitalismo. Owens no parte de la base de que el hombre es malo por naturaleza, “el hombre es un lobo para el hombre”, por decirlo en palabras de Thomas Hobbes. Ni tampoco es un optimista antropológico; idea que entronca con la de autonomía personal de Kant: el hombre, como ser incardinado en sí mismo acaba por desarrollar un humanismo extremo que lo predispone a colaborar permanentemente con sus congéneres. Owen piensa que las disposiciones de los seres humanos están condicionadas por su entorno social. Y, como el sistema de producción capitalista no proporciona uno amable, propuso un sistema económico sustentado en las cooperativas.

Los falansterios fueron diseñados por el francés Charles Fourier. Éstos se constituyen por la libre voluntad de sus miembros, nunca más de 1.600, que vivirían en el mismo edificio y allí desenvolverían, en plena libertad, sus ideas de vida buena. Esta situación posibilitaría la superación tanto de las relaciones contractuales con el empresario como de las taras que suponía la vida familiar para la emancipación social, cultural y económica.

En la actualidad, el modelo que más se asemeja al planteamiento de Owen son los kibutz israelitas, cuya importancia fue capital para el asentamiento del Estado de Israel. El primero de ellos data de 1909 en Degania. La connotación religiosa de los mismos es la diferencia más significativa respecto a las farms de Owen. Los sionistas, fundamentalistas judíos de ascendencia askenazí, inspirados en las ideas del retorno a la tierra sagrada de Aarón David Gordon, que consideraba imprescindible para el renacer de los judíos la actividad agrícola, fueron los primeros pobladores una vez concluida la Segunda Guerra Mundial de lo que hoy es el Estado israelí.

De la incomprensible mezcolanza de ambas ideas, socialismo y sionismo, surgieron los kibutz que, en la actualidad, se encuentran en plena decadencia, a pesar de haber sido durante décadas una alternativa real al sistema económico capitalista.

Jorge Mateos Álvarez