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| De izquierda a derecha: coyantinos en la Casa de León en Madrid, a la derecha en el mitin celebrado en la Casa cultura. |
Agrupación Socialista de Valencia de Don Juan
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| De izquierda a derecha: coyantinos en la Casa de León en Madrid, a la derecha en el mitin celebrado en la Casa cultura. |
En el cementerio de la localidad se rindió un cálido homenaje a José Pérez Guayo, pieza clave en la transición coyantina y en la reconstrucción de la izquierda
Los socialistas denunciaron durante un acto público la situación social y pidieron a las instituciones y agentes sociales que dediquen todos sus esfuerzos a la gran tarea pendiente, el empleo
Su optimismo sobre el futuro se basaba en su firme creencia en que el progreso humano llegaría avanzando sin dar un paso atrás en esa revolución que supuso la evolución de los derechos civiles, políticos y sociales.
"...cantamos porque el sol nos reconoce / y porque el campo huele a primavera / y porque en este tallo en aquel fruto / cada pregunta tiene su respuesta / cantamos porque llueve sobre el surco / y somos militantes de la vida / y porque no podemos ni queremos / dejar que la canción se haga ceniza".
Una muerte inesperada
He was a little tired
"José María, mi amigo"José María, mi padre (22/10/2007) por Maximiliano Gutiérrez Contreras
"Escribo en referencia al artículo de Vargas Llosa José María y la solitaria. Básicamente, quiero aclarar un punto y además agradecer el homenaje. José María Gutiérrez González era mi padre. Vargas Llosa ha definido su forma de ser, su forma de vivir, a la perfección. No se podía haber hecho mejor. Por esa misma personalidad que narra, José María se quedó sin salidas vitales desde hacía tiempo, y vivía sumido en una difícil depresión de la que era imposible sacarle, porque no quería aceptarla.
Pero he de decir que no vivió solo los últimos tiempos, tal como ilustra el escritor; siempre estuvo su familia con él (además de un puñado de amigos que eran como ángeles de la guarda). La familia argentina, cuando y como podía. Y yo viví a su lado, luchando juntos, más de 15 años. Incluso el último episodio, la mudanza a su pueblo natal, lo sufrimos hombro con hombro. Yo quedé viviendo en Madrid, pero lo visitaba cada 15 días. Nunca estuvo solo. Había alternativas, pero su propia cerrazón lo llevó a no elegir ninguna. Y cuando por fin escogió una, ir a vivir a Argentina al lado de su mujer y su hija, resultó que era tarde, por una cruel broma del destino.
Quiero agradecer sinceramente a Vargas Llosa estas palabras. Son sentidas y auténticas, y se nota aprecio real. El episodio de Pantaleón y las visitadoras, el distanciamiento de los amigos, todo hizo mella en mi padre. Unos triunfan y otros no. Efectivamente, mi padre no estaba hecho para triunfar. "Era un fracasado irremediable, pues no se puede ser puro en un mundo de impuros ni ganar guerras sin matar". Gran definición. Sólo puedo decir que me siento la persona más orgullosa del mundo por mi padre. Aunque fracasara. Porque creo que no hay mejor enseñanza que ésa: ser puro en un mundo de impuros, y perder guerras por no querer matar. Pobres de los impuros y de los asesinos, si acaban triunfando gracias a esa actitud. Creo que él volvería a ser como fue. Y en ese sentido, en no doblegarse ante nadie, en ser honesto, noble, terco y leal, espero ser al menos un poco como él.
Gracias, papá, por dejar esa imagen final. Gracias, Vargas Llosa, por expresarlo tan bien."
La memoria de José María (25/10/2005) José Escobar
"Desde Canadá, como amigo entrañable que he sido del director de cine José María Gutiérrez, quisiera comentar el artículo que en su memoria publicó Mario Vargas Llosa, el domingo 21 de octubre, en su periódico. Desde nuestros tiempos de estudiantes en la Universidad de Salamanca, allá por los primeros años de la década de 1950 hasta su reciente fallecimiento, hemos mantenido una relación fraternal. Allí nos juntábamos con don Alonso Zamora Vicente, también recientemente fallecido, José María, Luciano G. Egido, Barta Pallares y yo, ampliando nuestro horizonte cultural y tratando de librarnos de la estrechez que nos imponía el franquismo. Como a finales de esta década, recién licenciado en Filosofía y Letras, estuve de lector en la Universidad de Bonn, iba con cierta frecuencia a París a encontrarme con mi amigo José María y puedo decir que fui testigo de la amistad con Mario Vargas de la que éste habla en su artículo. Por medio de José María lo conocí en París, a él y a Julia, su esposa de entonces, y a otro escritor peruano Lucho Loaysa.
Debido a esta relación entrañable, el artículo me ha producido una profunda tristeza. Estoy de acuerdo con su hijo, Maximiliano Gutiérrez, cuando en su carta publicada en EL PAÍS del 22 de octubre dice que "Vargas Llosa ha definido su forma de ser, su forma de vivir, a la perfección", aunque en esta definición se perciba cierta condescendencia del triunfador que sabe muy bien "que no se puede ser puro en un mundo de impuros ni ganar guerras sin matar". Vargas Llosa expresa su propia concepción del mundo y de la vida, frente a la de José María, cuando dice de él: "No quería hacer esas cosas -halagar, seducir, encandilar- que, desde que el mundo es mundo, además del talento (...) se requieren para triunfar". Dice también que era imposible saber que José María lo estaba pasando muy mal. ¿Cómo que era imposible? Sus amigos lo sabíamos muy bien, aunque él nunca quiso aceptar ayuda alguna que no fuera nuestro afecto y amistad. Vargas Llosa dice que no lo sabía debido a "la endemoniada vida que llevo", la endemoniada vida del triunfador. Sí, es muy verdad, como leemos en el artículo, José María era coherente y honesto y, desde luego, hay que subrayarlo, muy generoso. Me uno a su hijo Maximiliano en el agradecimiento a Mario Vargas Llosa por haber expresado tan bien la imagen final que ha dejado su padre."
"Como amigo de José María Gutiérrez durante más de cincuenta años, y en su memoria, debo hacer algunas precisiones y rectificar los errores del artículo que Mario Vargas Llosa publicó sobre él en EL PAÍS del domingo 21 de octubre. Es de agradecer el exacto retrato moral que hace de José María, aunque a él le hubiera gustado recibir esta prueba de amistad en vida, porque en los últimos tiempos muchos de sus amigos le dieron la espalda, de lo que él se quejaba con amargura, aunque conservó la amistad fiel de tres o cuatro verdaderos amigos, como el gran traductor López Muñoz, el profesor Escobar y yo mismo.
No es verdad que fuera hijo de campesinos, como se afirma en el artículo. Su padre era un acreditado veterinario en Valencia de don Juan, y su madre era maestra de corte y confección, en ejercicio, y aficionada a la literatura, pues en su vejez -murió a los 104 años- escribió un par de ingenuas novelas, que José María me hizo llegar. Su vivienda en el pueblo no era una "casita", sino una gran casa de piedra, de dos pisos, resto del esplendor familiar del pasado, en el centro mismo de Valencia de don Juan, con una nutrida biblioteca profesional de su padre. Tampoco es verdad que su mejor película se titulara Viba, Azaña, impensable bajo la dictadura, sino ¡Arriba, Hazaña!, sobre una novela de Vázquez de Soto. No le enviaron ningún pasaje de avión desde la Argentina, que se lo pagó él, pues acababa de vender una finca del patrimonio familiar, por la que le dieron una punta de millones. Su único hermano no está en un hospital, sino en una residencia, en León. En la referencia a la familia, el articulista se olvida de su hijo Maxi, licenciado en Biología y de más de treinta años, que le ayudó a vivir los últimos tiempos, le acompañó y le cuidó con un ejemplar sentido de la filialidad y le visitó cada 15 días en su pueblo, coincidiendo allí con mi mujer y conmigo en nuestro doloroso último encuentro con él, pocos meses antes de morir.
Su vocación de pintor nunca estuvo bien definida, pues en Salamanca, donde nos conocimos, escribía cuentos, dirigió teatro y asistió a las sesiones del cine-club. Nunca renunció a la pintura, y sus verdaderos amigos tenemos muchas muestras de su talento pictórico y de su generosidad. Yo también tuve frecuentes peloteras con él, como recordé en la sesión que le dedicó la Filmoteca Nacional de Madrid, pero seguí siendo su amigo y pudo hacer El obispo leproso, gracias a mí, entonces director de Programas de Ficción de TVE.
Finalmente, su grado de amistad con el muerto no era tan grande como Vargas Llosa quiere hacer ver, pues los últimos años le dio esquinazo constantemente y llegó a dejarlo con la palabra en la boca, nada más llegar de visita a su casa de Madrid, porque se estaba preparando para ir a comer con José María Aznar a La Moncloa, además de no comunicarle la segunda versión del Pantaleón y otros desplantes. No obstante, su recuerdo de José María y su comentario sobre la incapacidad que tenía para promocionarse están muy bien. Mejor ser un "lobo estepario" que un Rastignac cualquiera."
"José María y la solitaria""La noche que lo conocí, uno de los últimos días de 1958, en un puente de París, como me oyó decir que aún no había cambiado dinero me prestó un billete de mil francos (de los antiguos). Después supe que era todo lo que tenía y que, por ese préstamo, había tenido que irse andando desde el Barrio Latino hasta su chambre de bonne, en Clichy. Se llamaba José María, era leonés, de familia campesina, había estudiado Derecho en Salamanca pero no alentaba la menor intención de practicar la abogacía porque quería ser pintor.Nos hicimos muy amigos y todo el tiempo que vivió en Francia nos vimos casi a diario, aunque fuera un momento, para pasar revista a los acontecimientos del día, tomando un café. Era generoso, limpio de espíritu, noble, terco, leal y de una franqueza que se parecía a la brutalidad. Yo me burlaba de él citándole a Vallejo: "Español de puro bestia". Entre tanta gente que me ha tocado conocer, nunca me topé con nadie que fuera tan naturalmente íntegro como José María, tan transparente, tan impráctico, tan sin dobleces y, por eso mismo, condenado a romperse la crisma en todas las empresas en que se embarcó.
Dibujaba con mucha soltura y tenía un olfato infalible para discriminar entre la belleza y la fealdad. Ir con él al Louvre o a cualquier exposición era un placer, porque su buen ojo, su sensibilidad y sus observaciones enriquecían (y a menudo fulminaban) aquello que veíamos. Tenía una predisposición irresistible hacia el realismo, algo que, en el París de las vanguardias, experimentos y estridencias plásticas de los sesenta, hacían de él un pintor antediluviano. Como era incapaz de renunciar a su inclinación natural por la figuración para ponerse a la moda -a las payasadas- de los tiempos, renunció más bien a la pintura y optó por el cine.
¿Cómo hacía para sobrevivir? Debía de pasarla muy mal con aquellos miserables trabajitos que a veces conseguía, pero era imposible saberlo, porque con su frugalidad, su estoicismo y su orgullo jamás pedía ayuda ni dejaba traslucir la menor necesidad. Para colmo de males, prohijó una solitaria. El maldito bicho aposentado en sus entrañas le envenenaba la vida y lo ponía ojeroso y esquelético por largos períodos. Un día, almorzando en el Café des Artistas, en Montparnasse, me dijo: "Nosotros vamos al cine, a los museos, conversamos y discutimos y tú crees que yo estoy haciendo esas cosas como las haces tú. Te equivocas: yo tengo la sensación de que hago todo lo que hago no para mí, sino para mi solitaria. Ni un instante me olvido de ella. Soy su esclavo". Es una frase que nunca he olvidado porque esa alegoría de la solitaria es la mejor manera posible de definir la vocación de un escritor. Nunca aceptó que yo o cualquiera de sus amigos lo acompañáramos el día que, después de embutirse una poción vomitable, expulsaba la solitaria. Se encerraba solo, en su chambre de bonne, a pujar como una parturienta, y emergía del trance uno o dos días después, risueño y lívido: "Ya la liquidé".
Probablemente el cine sea el quehacer más difícil donde abrirse un camino para alguien que, como José María, tenía una imposibilidad ontológica para promoverse a sí mismo, vender un proyecto, conseguir los apoyos indispensables para realizar una película. No sabía ni quería hacer esas cosas -halagar, seducir, encandilar- que, desde que el mundo es mundo, además del talento, y a veces sin él, se requieren para triunfar. Porque tampoco le interesaba triunfar. Hacer cosas bellas y originales, sí, pero por el placer de hacerlas. Lo demás -dinero, publicidad, fama, premios- le parecía prescindible. Un par de veces me tocó asistir a sus negociaciones con productores y, las dos, me quedé helado oyéndolo explicarles a éstos, con sinceridad suicida, los riesgos que corrían aventurándose a producir la película que quería venderles. Siendo como era, fue un milagro que consiguiera dirigir dos películas y una serial televisiva.
La primera, una adaptación de mi novela Pantaleón y las visitadoras, la codirigió conmigo, uno de los absurdos de que está hecho el cine, pues el dueño de la Paramount, Charlie Bludhorn, exigió que fuera el director yo, que no había visto una cámara en mi vida, ni había puesto los pies en un rodaje y sabía tanto de filmaciones como de chino mandarín. Pero José María se empeñó en que me embarcara en ese disparate para que se hiciera la película. Se hizo y así salió. Pero la película que él dirigió solo, unos años después, ¡Viba Azaña!, fue una delicada y hermosa historia que debió de tener éxito y, acaso todavía más, su adaptación a la televisión de El obispo leproso, que también pasó, por esas injusticias que a José María lo persiguieron como su sombra, sin pena ni gloria. La única vez que lo oí quejarse fue en relación con aquella serial con la que había soñado toda la vida, por lo mucho que le gustaba la novela de Gabriel Miró: "¿Sabes cuántas críticas aparecieron en la prensa sobre El obispo leproso? Ni una sola".
En los últimos años nos vimos muy poco, por la endemoniada vida que llevo, en la que nunca puedo hacer ni la décima parte de cosas que quisiera hacer. Aparecía en mis presentaciones de libros o conferencias y, aunque charláramos solo un ratito, era suficiente para saber que ni la distancia ni los años habían enfriado la vieja fraternidad. Hace unos años almorzamos en una tasca de Madrid. A mis preguntas sobre cómo le iba, solía responder: "Me va bien". Pero aquella vez fue algo más explícito y me dijo que, después de un período difícil, había conseguido, gracias a un amigo generoso, que le pasara unos guiones para remendar. ¡Y sólo le cobraba el cincuenta por ciento de comisión!
Cuando dimos en Madrid con Aitana Sánchez-Gijón La verdad de las mentiras lo llamé varias veces, para invitarlo, porque imaginé que le divertiría verme en un escenario contando cuentos. Pero su teléfono nunca contestaba y una amiga común, que solía darme sus mensajes, tampoco tenía noticias de su paradero.
Hace algunas semanas, en una de esas presentaciones de libros a la que no pude dejar de asistir, en medio del vértigo, se me acercó una persona a la que reconocí, aunque no sabía ni cuándo ni dónde nos habían presentado. "Nos conocimos por José María", me recordó. "Lo he estado buscando, pero en su casa nadie responde el teléfono. ¿Se ha mudado?".
No. Lo habían echado de ese piso en el que había vivido treinta o acaso cuarenta años porque no había podido pagar ya el alquiler. Fue a refugiarse a su pueblo leonés. Ya no le quedaba nadie, su madre había fallecido y su hermano estaba en un hospicio. Estuvo viviendo allí, solo, en una casita descalabrada y con goteras. Se sentía enfermo hacía meses pero, como no estaba al día en sus obligaciones, la Seguridad Social lo había dado de baja y carecía de medios para ir donde un médico particular. Al final, le mandaron un pasaje para la Argentina, donde vivían su esposa y una hijastra, que es médico. Llegó allá sólo para enterarse de que estaba traspasado por el cáncer y morir.
José María y yo solíamos discutir mucho, en París, en torno a las ideas de Sartre sobre la responsabilidad que los seres humanos tienen sobre sus destinos, una tesis que ejemplificó en su ensayo sobre Baudelaire. Según él, todo destino se elije, por comisión u omisión, y por eso nadie tiene derecho a quejarse, a sentirse sólo víctima. Aun en las peores circunstancias, es posible elegir. Por eso tenemos derecho a sentirnos libres. Yo le creía, pero José María dudaba. Él tenía razón, desde luego. Para ciertas personas, infrecuentes, es verdad, las elecciones se reducen a lo mínimo y aun se evaporan, ya que sus valores, creencias o pulsiones profundas eliminan de sus vidas multitud de opciones que, a otros, les abren las oportunidades, el reconocimiento o el éxito. José María estaba hecho de una manera que de entrada lo ponía fuera de toda competencia en la que la disimulación, la apariencia, la representación prevalecieran sobre las convicciones o los principios. Eso hacia de él un fracasado irremediable, pese a su talento, coherencia y honestidad. No se puede ser un puro en un mundo de impuros ni ganar guerras renunciando a matar. Él creía que le había ganado la batalla a la inmunda solitaria. Pero ella estuvo siempre en sus entrañas, quietecita e incansable, socavando su vida. Y al final lo derrotó. Descansa, amigo."
¡Adiós, genio!
Gracias, Carlos